“ANDANDO Y HACIENDO SOGA”

Eleuterio era un hombre menudo, muy fuerte, de mirada penetrante, directo en su comportamiento y con una voz peculiar, algo ronca,  que cuando cantaba tenía un matiz especialísimo.  Eleuterio era minero.

En realidad había sido minero toda su vida, lo mismo que su padre, y vivía en La Unión en el corazón de la sierra minera de Cartagena.  Apenas sabía leer, porque desde niño subía todas las mañanas a la mina.  El camino para subir era largo y se hacía más largo todavía en la “cuesta de las lajas”.

Eleuterio “daba de mano” por la tarde. Afortunadamente el camino de regreso era menos fatigoso. Junto a la senda crecía abundantemente el esparto. Como casi todos sus compañeros se entretenía  haciendo soga mientras andaba. Al llegar al pueblo una larga cuerda de esparto se había formado a sus espaldas. Con esta cuerda de esparto, se fabricaban habitualmente capazos, alfombras, y esparteñas.

De esta costumbre de los mineros, nació una frase ligada a toda la sierra: “Andando y haciendo soga”,  frase que todavía perdura,  y que habla de una especial filosofía del trabajo, pero también de la importancia de aprovechar el tiempo.

Cuando yo le conocí hacía muchos años que había muerto su padre. La actividad minera, terminada la segunda guerra mundial,  era  notablemente inferior. Eran años de miseria, de hambre, y de “cartillas de racionamiento”.

Al atardecer,  las pocas tabernas y bodegas de La Unión  se llenaban con estos hombres, auténticos hombres, que durante el día trabajaban en una atmosfera de polvo de sílice y de sudor, y por la noche trataban de olvidar en ellas sus penas.  En este ambiente, inesperadamente alguno de ellos “rompía” a cantar. Era la voz de la mina: tonos altos, con una armonía sorprendente, que alternaban con otros muy bajos, prolongados hasta donde daba el alma,  como un quejido donde se  mezclaban el dolor, la pena o la alegría.

Eleuterio era sin duda el mejor, sobretodo después de beber unos vasos de vino. Cuando él cantaba el silencio era sepulcral. Su voz ronca,  hablando de la mina, emocionaba hasta el extremo de invitar al llanto.

La última vez que le vi, había envejecido mucho, tenia el rostro lleno de arrugas; de su antigua corpulencia no quedaba nada, y su voz era todavía más ronca. Era Semana Santa, viernes santo, la procesión del Cristo de los Mineros desfilaba lentamente por la calle Mayor…

En el silencio y la oscuridad de la noche Eleuterio cantó una saeta, posiblemente la mejor saeta de su vida, mirando la imagen de Jesús Crucificado, y al mismo tiempo lloraba. Cuando terminó sus amigos tuvieron que ayudarle; era muy mayor, la silicosis había hecho presa en él y estaba muy débil.

Eleuterio seguramente sabía poco de Jesús, pero Jesús sabía mucho de él: sabía que trabajaba y sufría simultáneamente, casi sin recompensa; sabía que había trabajado desde niño pasando hambre y también sabía que calzaba unas esparteñas hechas con el esparto que él mismo iba cogiendo mientras bajaba de la mina.

Pero él nunca se quejaba; él sólo sabía cantar…

Tan sólo unas semanas después Eleuterio murió.  Cuando lo supe me acordé de aquella noche de viernes santo.  Posiblemente Jesús le estaba esperando para darle las gracias por su saeta… y compensarle con un vida diferente. Una Vida muy diferente.

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N.B. Un día le pregunté a Eleuterio donde había aprendido a cantar. Con su voz siempre ronca me dijo: Te lo voy a “desir” nene.  Escucha:   …y en un tono muy bajo cantó:

“Soy piedra, que a la terrera

todos me arrojan el verme.

Soy puro escombro por fuera

pero en llegando a romperme

doy un metal de primera”.

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(A mis amigos de la infancia, casi todos mineros)

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