CERA FUNDIDA…

Llegó silenciosamente. Se había retrasado unos minutos y la ceremonia acababa de empezar. Era una mujer joven de pelo castaño, que posiblemente ya había cumplido los veinticinco años, de rostro amable y sonrisa bondadosa.

No venía sola. Empujaba con toda delicadeza un cochecito de niño, de color azul marino con su capota puesta. En el interior se adivinaba una preciosa criatura de pocos meses, que de vez en cuando suspiraba como si durmiera profundamente.

Se acercó por el lateral, donde unas grandísimas columnas sostenían el edificio, y con mucho cuidado colocó el cochecito junto a una de ellas para no interferir el paso de otras personas. Muy próximo había un banco con un extremo libre y se sentó allí, muy cerca de su hijo, sin apartar los ojos del cochecillo y los oídos bien atentos a cualquier gemido.

Era el atardecer del jueves de la segunda semana de Adviento y se estaba celebrando la Santa Misa en aquel lugar, una de tantas iglesias que congregan a los feligreses finalizando el día. Esta joven madre, habitual desde años a esta celebración vespertina, seguía con especial devoción toda la ceremonia.

Pasados unos minutos, un señor de cierta edad, posiblemente su padre, apareció por el mismo lateral y discretamente se sentó sonriente junto a ella. Antes había mirado cariñosamente en el interior del cochecito para observar a su nieto.

La ceremonia siguió su curso. En el momento de la consagración el ruido de unas indiscretas campanillas casi despiertan al niño. Llegado el momento de comulgar la joven madre se levantó y dejando el niño al cuidado de su abuelo se acercó a recibir la Sagrada Comunión. Comulgó, volvió a su asiento y se arrodilló. Cerró los ojos y se quedó meditando unos segundos.

En esta situación de plena comunión con el Señor, el niño empezó a gemir y a lloriquear. Ella, un poco nerviosa, miró el reloj, movió la cabeza –era “la hora” de su bebé-, se acercó al cochecito y tomó al niño en sus brazos. Discretamente, con ayuda de su padre, que le cubría el pecho con un amplio pañuelo, acercó el niño a uno de sus senos y lo amamantó…

¿Qué estaba sucediendo? Sucedía que el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se habían unido con el cuerpo y la sangre de la madre, posiblemente también se unían con el cuerpo y la sangre de su hijo… Se trataba de una fusión total, sin diferencias de calidad; es como si la Cera fundida –con mayúscula– se uniera a la cera fundida –con minúscula–. Todo sería cera.

En estos momentos en que la madre era poseedora del Cuerpo y la Sangre de Cristo, en estos minutos en que Jesús permanece fundido con el cuerpo y la sangre de su madre, este bebé, ¿también participa de esta unión con Jesús?

No me atrevo a opinar. En cualquier caso la madre estuvo más de diez minutos amamantando al niño. Terminada la celebración, ya en el ambiente de la calle, algunos nos quedamos meditando en todo lo que había sucedido: posiblemente, un bebé, había comulgado con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

¿Hasta dónde llega el amor y la ternura de una mujer con su hijo, especialmente cuando lo alimenta con el fruto de sus entrañas? Esta joven madre –con presencia de Dios incluida–, nos lo podría explicar muy bien, pero mucho mejor que ella lo haría la Madre de Dios, que por cierto, en estas fechas, camina hacia Belén…

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¡Feliz Navidad! a todas las personas que de vez en cuando se asoman a este bloc. Un fuerte abrazo para todos.

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