DIEGO “EL MATAGATOS”

Se iniciaba la década de los cincuenta. Eran años de miseria. Se racionaba el pan, escaseaban todos los alimentos y en los centros de “auxilio social” se suministraba leche en polvo procedente de las ayudas exteriores. Se veían muchos pantalones y faldas llenos de parches y las costureras le “daban la vuelta” a las chaquetas para rejuvenecerlas.

Nuestro pueblo además de pobre, estaba semiabandonado, con la mitad de las casas vacías o saqueadas; sin embargo no nos faltaba de nada: teníamos ayuntamiento propio, un alcalde, un secretario de ayuntamiento, un juez, un sargento del cuartel de la guardia civil, un centro de la Cruz Roja, un somatén, un médico, un practicante, un cura, un farmacéutico, un veterinario, etc.

Nuestro pueblo se llamaba y se llama La Unión y poseía y posee un impresionante Mercado Publico que fue diseñado por Víctor Beltri; una maravilla de edificio que hoy es la sede del Cante de las Minas, pero que en aquella época era imposible de mantener y estaba parcialmente abandonado.

En ese tiempo los críos también éramos pobres. Jugábamos con pelotas de trapo sujetas con hilos. Las golosinas quedaban reducidas a “bolicas de anís”; nuestro gran juguete era un tirachinas, cazar pájaros, hacer “guerrillas”… y romper cristales, especialmente los del Mercado.

Nuestros medios de comunicación eran: un destartalado “coche de línea” con Cartagena, y un antiquísimo tren de vía estrecha con máquinas de vapor y unos vagones de madera que fueron nuevos en la gloriosa época de la minería de finales del siglo XIX, con una estación situada en un extremo del pueblo.

Habían dos taxistas –dos “coches de punto”–, y dos coches particulares: un flamante Chevrolet de D. Gerónimo (el hombre rico del pueblo) y el Balilla del médico. Pocos meses antes a la Cruz Roja le habían traído una ambulancia. Todo lo demás eran carros, tartanas, y bicicletas. El practicante tenía una moto Guzzi…

El “transporte interno” del pueblo era un gran carretón con una gran cincha de cuero para los hombros, propiedad de Diego “el matagatos”, que se ocupaba de llevar paquetes, y lo que no eran paquetes, de un sitio a otro a cualquier hora del día.

Nadie sabía los años que tenía Diego. Hablaba poco y casi nadie entendía lo que decía. Su lenguaje habitual era a base de monosílabos. Siempre llevaba la misma ropa: una gorra de un color indefinido, una chaqueta raída por el uso, de un extraño color marrón, una camisa y unos pantalones de esos que daban en la “mili” y unos zapatones de cuero, con las suelas más que gastadas, que un día muy lejano debieron ser nuevos…

Era la imagen de la pobreza más absoluta. Vivía sólo de las propinas y de la caridad del cura que le daba un donativo por tocar las campanas. Su vivienda estaba en la afueras del pueblo, junto al puente de la vía del tren, en el Descargador, a la salida del pueblo. Cerca de ese puente pasaba también la carretera hacia el Llano del Beal.

En aquel entorno el tiempo transcurría con una rutina desesperante. Pero un día sucedió algo diferente. Diego tenía la costumbre de aceptar a cambio de su trabajo alguna “invitación” y aquel día las “invitaciones” fueron excesivas. Cerca del bar donde estaba el carretón de Diego, D. Gerónimo tenía aparcado su coche. Nadie sabe cómo, pero al marcharse Diego y mover su carretón, le dio un golpe importante a una de las puertas del Chevrolet…

La furia de D. Gerónimo fue excesiva, y su orgullo y su soberbia se desataron de tal modo que tuvieron que venir del cuartel de la guardia civil. Retuvieron a mi buen Diego en el calabozo un par de días, hasta de D. Gerónimo se “normalizó” y la cosa se fue apagando, diluyendo, y olvidando.

Unos meses después, sin embargo, sucedió algo muy diferente: D. Gerónimo había ido como todas las semanas con su precioso coche a visitar los tres lavaderos de flotación que tenía en El Llano del Beal. Las cosas iban bien, y estuvo celebrándolo con sus encargados en un bar hasta la madrugada. Al salir llovía con fuerza…

D. Gerónimo que había viajado solo, confiando en su potente Chevrolet, decidió volver a casa. Solo eran cuatro kilómetros. A poco de salir y ya en las cercanías de La Unión, la lluvia aumentó su intensidad. Al llegar a la curva del Descargador, muy cerca del puente de la vía del tren, su coche derrapó y después de varias vueltas de campana quedó volcado cerca de la chabola de Diego.

El pobre Diego, que cuando llovía se situaba debajo del puente porque su chabola se inundaba, vio todo lo sucedido con ojos de espanto. No obstante se acercó al coche y en medio de las tinieblas y de la lluvia pudo ver a D. Gerónimo, mal herido, casi sin conocimiento. Tenía un gran herida en la cabeza y apenas podía moverse.

Sin pensarlo dos veces Diego cogió su carretón. Lo aproximó al coche y como pudo, entre sus fuerzas y la poca energía de D. Gerónimo, logró “echarlo” al carretón. Afortunadamente desde el Descargador hasta la calle Mayor de La Unión el trayecto es corto y cuesta abajo, lo cual hizo posible que Diego, en poco tiempo, pudiera llevar a D. Gerónimo a la entrada del pueblo.

Eran casi las cinco de la mañana, y en medio de la lluvia, los mineros del “turno de las seis” que salían hacia la sierra, se encontraron con el increíble espectáculo: Diego apenas podía llevar el carretón cargado con el cuerpo mal herido de D. Gerónimo, y casi desfallecía…

Todos ayudaron. Todos empujaban. Rápidamente apareció el chofer de la ambulancia y unas horas después estaban atendiendo a D. Gerónimo. Dos horas de intervención, suturas múltiples, fractura de cadera, traumatismo craneoencefálico, dos litros de transfusión sanguínea,… y D. Gerónimo salvó la vida de milagro.

Esta vez Diego no tuvo que ir al Cuartel. Todo el pueblo le miraba con respeto y cariño. También observaban de reojo su enorme carretón que había servido para transportar a D. Gerónimo. Él sin embargo no hacía mucho caso. Al medio día se acercaba a la parada del “coche de línea” a buscar paquetes para los comercios y a las dos se acercaba a la estación del tren con el mismo objetivo. Luego hacía todos los recados que le confiaban. También tocaba las campanas a las horas previstas. Los domingos los solía pasar con el cura, en la iglesia.

Mientras tanto D. Gerónimo, en el hospital, iba recuperándose y también “repasando” el trayecto de su vida. No hay nada mejor para meditar, para adentrarnos en nuestro interior, que la soledad de la noche en la habitación de un hospital, medio inmovilizado, mirando un techo de escayola y la tenue luz de una ventana, detrás de la cual sabemos que alguien nos está esperando.

Un día D. Gerónimo, todavía en fase de recuperación, volvió a su casa con su mujer, con sus hijos, con sus numerosos amigos. Todo el pueblo estaba expectante; deseaban ver su comportamiento con Diego después de todo lo sucedido. En algún momento los dos personajes de esta historia tendrían que encontrase…

Sucedió unos días después. D. Gerónimo encargó a alguien de su familia que le pidiese a Diego que fuese a verle. En un determinado momento se encontraron frente a frente. Uno había vivido hasta ahora en la abundancia en la riqueza y en la soberbia. El otro, pobre hasta el extremo, humilde hasta el extremo, solo sabía trabajar y cuando tenía tiempo se acercaba a la iglesia.

Dicen que hablaron más de dos horas. Nadie entendía como eso era posible porque Diego solo decía monosílabos. Después lo pudimos saber, porque lo contaba un “cambiadísimo” D. Gerónimo, que Diego no solo sabía hablar, sino que además lo hacía con mucha sensatez. Su vida había sido, y todavía era, la historia de un gran desengaño.

A partir de este encuentro nació entre ellos una increíble amistad. D. Gerónimo fue perdiendo soberbia y ganando en humildad. Diego pasó de ser Diego “el matagatos”, a ser Diego “el amigo de D. Gerónimo”.
Alguien le regaló ropa nueva, y el carretón quedó aparcado en el puerta de una digna casa en el pueblo, y en su lugar apareció un carro no muy grande con borrico incluido, ideal para repartir los paquetes por el pueblo.

Cuando los domingos su amigo Diego, tocaba las campanas para la “misa de once”, D. Gerónimo, en su casa, notaba “sensaciones” que no sabía interpretar. Desde que estuvo a punto de morir, había cambiado muchos conceptos y muchas actitudes, pero no se atrevía a ir a la iglesia; le resultaba especialmente difícil, porque en el pueblo casi lo tenían por ateo…

Otro día, en Semana Santa, desde el balcón de su casa en la calle Mayor, estaba viendo desfilar la procesión del Cristo de los Mineros. Un imponente trono, lleno de flores y velas, rompía la oscuridad de la noche en medio de un silencio sepulcral, roto de vez en cuando por el “cante” desgarrado de las saetas.

De pronto vio algo que le conmovió intensamente. Su amigo Diego, con una campana en la mano caminaba junto al señor cura, delante del trono. Medio pueblo participaba en la procesión con un “carburo” en la mano, iluminando el desfile con destellos de luz plateada. El sonido de la campana de Diego marcaba las pausas en la procesión.

Durante unos minutos quedó pensativo. No podía apartar la mirada de su amigo Diego, el mismo que un día, en medio de la noche, le salvo la vida. Algo muy especial y grandioso notó en su interior. Salió de la casa, bajó las escaleras, y ya en la calle, se abrió paso entre sus paisanos que le miraban entre extrañados y asombrados, y silenciosamente se metió en la procesión, cerca de su amigo Diego.

Ambos se miraron y sonrieron. El Cristo de los Mineros también…

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