EL AMOR TIENE MIL CARAS

Sólo tenía dieciocho años. Había contraido matrimonio con Jaime en la primavera del año 2010. Desde hacía unas semanas el Señor les había obsequiado con un precioso niño.

Vino a la consulta por primera vez hace unos meses. Posteriormente ha vuelto a revisión en dos ocasiones. Hoy finalmente todo el problema ha quedado resuelto. Tenía crisis de taquicardia, opresión en el pecho, insomnio y sospecha de una posible cardiopatía. Estaba muy ansiosa y lloraba con facilidad mientras explicaba todos sus síntomas…

Cristina era una mujer muy joven que todavía tenía rasgos infantiles.Había nacido cerca de una ciudad importante en la costa mediterránea. Sus padres tenían un acreditado restaurante, y ella de un modo u otro había participado en el negocio familiar hasta poco antes de casarse. Su marido, que vino con ella, apenas tendría veinte años, hablaba poco y observaba mucho. No entendía bien lo que pasaba, pero evidentemente estaba muy afectado

Jaime había nacido en un pueblo del interior. Desde muy joven trabajaba de camarero en el restaurante de los padres de Cristina. En pocos años fue acumulando experiencia hasta el punto de proyectar un negocio propio. El proyecto se hizo realidad hace dos años. Entonces y un poco en contra de la voluntad de los padres de Cristina hubo boda…, y un año después un niño.

Trabajo, -imprescindible trabajo- en la cocina del restaurante, casa, marido y niño de pocos meses parecía demasiada carga para una mujer tan joven, que además no podía dormir adecuadamente. Todo esto, creía yo, era mas que suficiente para justificar toda la sintomatología que contaba. El examen clínico fue normal como era de esperar.

Al explicarles el tratamiento y mientras les hacía ver la necesidad de que ella recortase horas de trabajo para atender a su hijo, Cristina rompió a llorar. Su marido y yo tratamos de consolarla, pero entonces sucedió lo inesperado. Nos miró alternativamente y entre sollozos dijo:

“No, si yo no estoy llorando por mi hijo. Yo lloro y sufro todos los días por “Jimmy”, que el pobre está solo. No puedo ir a verlo, no lo puedo acariciar, no lo puedo cepillar, no puedo montarlo y sacarlo a pasear…”

¿….?.

Rápidamente miré al marido buscando una respuesta. Su cara era todo un poema. Entonces pudimos saberlo: cuando tenía nueve años su padre le había comprado un potrillo que había ido creciendo con ella. Casi todos los días lo veía, le daba de comer y lo cepillaba. Con él aprendió a cabalgar. La “estampa” del lugar era ver por las tardes a Cristina y “Jimmy” paseando o al trote no muy lejos del mar…

No le importaban las horas de trabajo. Tampoco le preocupaba mucho su hijo, perfectamente atendido por su madre. Su marido y ella se querían sobradamente. Sus lágrimas de desconsuelo eran por “Jimmy”…

En este año de “tratamiento”, el tiempo y el instinto maternal han puesto cada cosa en su sitio. Juanito, su hijo, ya es capaz de andar diez pasos seguidos sin caerse y Cristina ha conseguido compartir a “Jimmy” con su hermana.

Para colmo de bienes el restaurante funciona muy bien; han contratado dos cocineras y tres camareros y Cristina que ya dispone de más tiempo libre, ha recibido hoy el alta, porque si alguien sobra en esta historia es el médico.

______

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.