EL CAMINO DE LA REDENCIÓN (III)

La Gracia de Dios, la Gracia Original,  la recibimos al ser creados, mediante el “aliento” de Dios, que nos convirtió en hijos suyos. 

Después, al ser redimidos, al recibir el don del Espíritu Santo, cuando somos bautizados, recibimos la Gracia de Nuestro Señor Jesucristo o Gracia Santificante, que nos convierte de nuevo en hijos de Dios, hermanados con Jesucristo. Esta Gracia sobrevino del Cielo, no como un aliento, sino como un ruido, como un viento que irrumpe impetuosamente.

Con ella recuperamos nuestra Vida Sobrenatural y Divina. Es una “Vida Nueva”, a la que accedemos con el Bautismo, que tiene su base en la “Alianza Nueva y Eterna”, que nos une a Dios, pero también nos obliga a vivir según los preceptos de Dios.

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En nuestra vida diaria,  aquí en la tierra, a diferencia de nuestra vida inicial en el Paraíso, no somos inmortales, no tenemos inmunidad al dolor y no estamos libres del  sufrimiento.  Además estamos sujetos a la concupiscencia y a la influencia permanente del diablo.

Conservamos nuestra libertad para decidir,  y al igual que en el Paraíso, podemos pecar contra Dios, desobedeciendo sus preceptos.

Consecuentemente podemos perder el don de la Gracia Santificante si usando nuestra libertad accedemos a pecar contra Dios.

Nuestra única defensa contra las tentaciones del Diablo es fortalecer nuestra voluntad de permanecer junto a Jesús. Tener fe en Jesús. Examinar, leer y releer la vida de Jesús durante su estancia en la tierra y procurar seguir su ejemplo.

Al ascender a los Cielos Jesús nos dijo:  “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” .  Se refería a su Iglesia, lugar universal, casa universal para todos los cristianos, lugar donde vivimos corporal y espiritualmente, lugar donde Él mismo habita sacramentalmente en el sagrario, lugar donde se celebra la Eucaristía, sacramento sublime, donde El mismo viene a reunirse y darse sacramentalmente a nosotros.

Pidamos al Espíritu Santo  sus dones , especialmente Fortaleza, Piedad y Temor de Dios que de modo seguro influirán positivamente en nuestra voluntad.

Invoquemos a nuestra Madre, la Santísima Virgen María, en la  seguridad, de que obtendremos y su ayuda y su amparo.

Y no nos olvidemos de la oración, diálogos con Dios, en el silencio del día o de la noche, como hacía Jesús con su Padre.

Y finalmente,  si pecamos no olvidemos que Jesús nos espera, personificado en todos los sacerdotes, que nos administraran el Sacramente del Perdón, y nos devolverán nuestra Gracia Santificante.

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En nuestra persona, como hemos referido repetidamente, existe una vida natural y una segunda vida sobrenatural. De este modo nuestro modo de vivir y existir, podrá ser de dos maneras:

– La vida según el Espíritu, con arreglo a la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas, y se lucha con su Gracia contra las inclinaciones de la concupiscencia.

– La vida según la carne, por la que el hombre de deja llevar por las pasiones. es presa de la concupiscencia y de las tentaciones del demonio.

Tengamos muy en cuenta nuestra vida espiritual, aunque sean unos minutos, todos los días, en medio de este entorno en que vivimos, cada vez mas alejado de Dios.

Pero sobretodo debemos atender la llamada de Dios. El Señor llama a nuestra  puerta de mil maneras, con la esperanza de que se le abramos …pero siempre pide permiso para entrar.

¡Siempre pide permiso!

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