EL VIENTO SOPLA DONDE QUIERE…

Un día, el hombre quiso volar como las aves. Otro día el hombre quiso desplazarse sobre las aguas. Muchos años después el hombre descubrió que ello era posible utilizando el viento y unas alas parecidas a las de las aves.

Primero, aprendió a navegar. Para desplazarse sobre el agua, inventó un objeto flotante con una forma parecida a la de los peces,  Para ello usó la madera y sobre esta madera  montó un “ala” parecida a la de  las gaviotas. El viento hizo lo demás.

Bastantes siglos después consiguió volar usando un método parecido.

Navegar a vela sobre las aguas como deporte, vino mucho después. La persona, en el deporte náutico, queda “unida” al objeto flotante, y la vela, con la fuerza del viento, impulsa a ambos. La inteligencia del hombre “maneja” las tres cosas para conseguir la máxima velocidad de desplazamiento. La persona se mueve, la vela se orienta al viento, y el objeto flotante (barco), pasa a formar parte de la persona misma.

Posiblemente navegar a vela sea el más bello de los deportes y el más complicado. Es necesaria cierta fortaleza física, inteligencia, sensibilidad, y una fuerte dosis de fantasía. Pero sobre todo es imprescindible  un gran conocimiento del viento, que es en definitiva  el  “alma”  de todo en proceso.  Persona, embarcación y vela, quedan inmovilizados sin la presencia del viento.

Ya se lo dijo Jesús a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va”.

Este viento que describe Jesús es el que debemos buscar. Con él  siempre navegaremos  con rumbo seguro, y a  buen puerto.

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