FRENOS EN LA BOCA.

Desde siempre ha sido costumbre poner “frenos” en la boca de los caballos para que nos obedezcan. Igualmente para dominar las naves, por muy grandes que sean, basta un pequeño timón para dirigirlas adonde quiere la voluntad del piloto.

En ambos casos, podemos dominar algo importante en dimensión, con un objeto relativamente pequeño. Algo muy pequeño es capaz de producir resultados desproporcionadamente grandes. Además entra en juego una cuestion de autoridad.

En la criatura humana existe igualmente una pequeña estructura capaz de generar resultados desproporcionadamente grandes. De todos los miembros de nuestra humanidad ella es la que contamina todo el cuerpo como un fuego que inflama el curso de nuestra vida desde el nacimiento…

Está situada en la boca.

Nos referimos a nuestra lengua; algo que ningún hombre ha sido capaz de dominar. Es un mal siempre inquieto,- nos cuenta el apóstol Santiago-, y está llena de veneno mortífero. Con ella podemos bendecir y maldecir. Es una fuente de donde mana agua dulce y amarga por el mismo caño.

Dominar nuestra lengua, convirtiendola en una “fuente de donde mane solo agua dulce” es algo importantísimo; es un ejercicio de la voluntad que debemos ejercitar a diario, pues de lo contrario podemos provocar daños irreparables.

Frenos en la boca… ¡Cuantas veces los hemos deseado!

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