GUIA MAR ADENTRO…

Iniciamos el verano. Cambiamos la rutina diaria y nos adentramos en un periodo supuestamente feliz donde nuestra actividad física y mental nos pertenece por completo. Es un tiempo ideal para reflexionar.

Se trata de adentrarnos en nuestro interior. Llevar nuestra reflexión a lo profundo de nuestro ser, allí donde dicen que anida el alma y donde podemos llegar navegando con la “barca” de nuestro intelecto.

Iniciamos la navegación abandonando la orilla; renunciamos a tener los pies en un terreno firme; es preciso avanzar hasta lugares donde fácilmente habrá olas, donde la barca se mueve y el alma advierte que no lo controla todo, donde si cayéramos al agua podríamos hundirnos. Estaremos solos, lejos de tierra firme; el cielo, el mar, y la noche, serán nuestros testigos.

Echemos allí nuestras redes y procuremos pescar en ese mar revuelto. Seguro que tendremos una pesca abundante. Se dan todas las circunstancias. Solo debemos pensar que no estamos solos en esa barca…

Pero, ¿no hubiera sido mas seguro pescar en la orilla, o donde el agua no supere las rodillas, o la cintura, o al máximo los hombros? Quizá, efectivamente, nos sentiríamos más seguros. Pero en la orilla no se pesca nada que valga la pena. Si queremos echar las redes para pescar tenemos que llevar la barca a lo profundo, tenemos que sacudirnos el miedo a perder de vista la costa…

Se da otra circunstancia importante : En este tipo de “pesca” es necesaria nuestra cooperación. Nuestra barca dispone de dos remos: uno, nuestro esfuerzo personal; otro, la confianza en Dios, la seguridad de que Él no nos deja. Los dos remos son necesarios y hemos de desarrollar los dos brazos si queremos que la vida interior avance. Si falla uno, la barca gira sobre sí misma, es muy difícil de gobernar; el alma camina entonces como  ” a la pata coja”: no avanza, se agota, termina por desfallecer y cae fácilmente.

Si advertimos que algo de esto nos sucede, si a veces caemos en desánimos por apoyarnos demasiado en nuestro conocimiento o experiencia, en nuestra voluntad decidida y fuerte, pidamos al Señor que suba a nuestra barca. Nos importa mucho su presencia; mucho más que los resultados de nuestro esfuerzo.

Cuando luchamos por mejorar, cuando luchamos por cambiar, el hilo de nuestra voluntad se encuentra con el hilo de la Voluntad de Dios y se entrelaza con él para formar un tejido único, una sola pieza que es nuestra vida. Esa trama ha de ir haciéndose cada vez más densa, hasta que llegue un momento en que nuestra voluntad se identifique con la de Dios, de tal modo que no seamos capaces de distinguir una de la otra, porque quieren lo mismo.

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Modificado del Editorial: “Fiarse de Dios” de J. Diéguez

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