¡HEMOS SIDO REDIMIDOS!

Dios Espíritu Infinito, crea al hombre y lo hace a su imagen y semejanza. El cuerpo de barro de Adán recibe un halo del Espíritu de Dios, y es semejante a Dios. Adán recibe un alma, un espíritu, no infinito como el de Dios, pero sí un espíritu imagen de Dios.

El hombre, usando un lenguaje humano, es creado como un “familiar” de Dios, alguien que puede verle, alguien que puede dialogar con Él, alguien que puede conocerle, alguien que puede amarle …Hablamos de la Vida en el Espíritu. Esta era la situación del hombre en el Paraíso, donde podía ver a Dios, y hablar con Él.

La Gracia en esta situación era una “participación de la vida divina”. Con este don de la vida divina, la vida humana (en el paraíso) está destinada a alcanzar su plena realización en la eternidad, participando de la vida misma de Dios. De este modo el ser humano no debía morir, ni sufrir.

En este estado de gracia original, y por “irradiación” de esta gracia, el hombre quedaba fortalecido. Era inmortal y tenía inmunidad al sufrimiento. El hombre tenía integridad y estaba libre de la triple concupiscencia.

*

Adán y Eva desobedecen a Dios, y su pecado tiene consecuencias desastrosas. Pierden la santidad original y con ella su “irradiación” en la propia naturaleza. Quedan sometidos al sufrimiento y a la muerte, y pierden la armonía interior entre ellos y con el mundo. La naturaleza humana queda herida, inclinada al mal y al error, afectada por la concupiscencia, y debilitada, desorientada y oscurecida para acometer el bien.

La esencia del pecado original consiste formalmente en la privación de la gracia original y de la posibilidad de la visión beatifica de Dios. Fueron arrojados fuera del Paraíso.

*

Pero Dios no los abandonó. Ya en el Génesis se relata una promesa de salvación. El Señor Dios tuvo compasión del hombre caído…

Todo el Antiguo Testamento relata con detalle todos los intentos de Dios Padre por ayudar a su criatura humana. Se trataba de proporcionarle “medios” para volver a Él: Recordemos los episodios de Noé, la Torre de Babel, Abrahán, Moisés y la Ley Mosaica… Todo sirvió de poco.

Evidentemente el hombre no podía recuperar por sí mismo aquella gracia y santidad perdidas, y además tampoco podía cumplir debidamente el orden moral natural. Faltaba la posibilidad de participar de la Vida Divina; faltaba la posibilidad de obtener de nuevo la Gracia de Dios.

Por eso y para eso fue necesario que el Hijo de Dios, viniera a la tierra.

El Señor anuncia, promete un Mesías, que enviado por Él mismo, supondrá el inicio de una nueva Vida. Y aparecen los “profetas”. Ochocientos años de profecías anunciando la esperanza. Ochocientos años anunciándole al pueblo judío la intención de Dios de salvarlos con su Hijo, y después…, escribieron el drama más triste de la historia.

*

Durante treinta y tres años en un pequeño lugar del planeta tierra, Dios estuvo conviviendo con el hombre, pero sólo un reducido grupo fue consciente de ello y quiso creerlo.

¡Vieron el rostro de Cristo! ¡Vieron el rostro de Dios!

Esta situación de visión directa y contacto directo con Dios termina cuando Jesús asciende a los cielos, pero en la tierra, ya nada es igual. Jesús no es visible, pero su presencia continúa entre nosotros a través de los siglos.

Evidentemente Jesucristo nos ofrece una “Vida Nueva”: nos libera de la muerte (nos ofrece la vida eterna), nos libera del pecado original, y nos trae una nueva vida a la que accedemos naciendo del agua y del Espíritu, como dijo Jesús. Esta nueva vida será otra vez una vida en el Espíritu. Esta nueva vida tendrá su raíz en la Gracia.

Nunca volveremos a la “situación inicial” en el transcurso de nuestra vida terrenal, pero ya tenemos los medios para recuperar el “contacto” perdido con nuestro Creador.

El cristiano, el bautizado puede “participar en la vida de Cristo”. Esto es la Gracia. Esto es la Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que nos hermana a Él, y por esta “participación” se produce una “adopción filial”. El cristiano puede, del mismo modo que lo hacía Jesús, llamar a Dios “Abba”, (Padre). Somos hijos de Dios, por nuestra partición en la Vida de Cristo.

La Gracia supone un “nacimiento”. Hay un cambio desde la no posesión a la posesión. La Gracia es como el “injerto” divino que se une a nuestra naturaleza y la renueva y le hace dar frutos de santidad.

La Salvación queda a nuestro alcance. Sólo hay que querer, porque los medios los tenemos en todas las iglesias, grandes o pequeñas, bonitas o feas. En todas está Jesús esperándonos y un apóstol de Jesús dispuesto a escucharnos. Si necesitamos alimento para nuestra alma allí nos lo darán, y además el Señor ha dispuesto que sea gratis total.

Pero lo maravilloso es que toda la historia de la Redención ya está escrita, y que el Don Divino de la Gracia Santificante ya nos ha sido concedido.

Adán y Eva sólo tuvieron el consuelo de unas túnicas de cuero…

_______________

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.