LA CONDUCTA DE LOS HOMBRES

Pocas cosas hay tan bellas como un amanecer. Se inicia un nuevo día para todos los seres vivos, incluido el ser humano. Unos y otros, todos, se mueven y se comportan en una maravillosa armonía, merced a un desconocido impulso vital sin el cual la vida es imposible.

Los antiguos, que “sabían” que todos los seres vivos habían sido creados por el “aliento” de Dios no dudaron en llamar con ese mismo nombre a ese desconocido impulso vital.

Más tarde los pensadores y filósofos le llamaron “ánima” porque pensaron que su misión era animar, darle movimiento al cuerpo, y proporcionarle vitalidad; esta palabra se aplicaba a todos los seres vivos.

En el hombre, este impulso de vida, este “ánima” no sólo anima el cuerpo como en los otros seres vivos, sino que también tiene otras potencias, propias y exclusivas de la persona humana.

El ser humano es un ser racional. Su “ánima”, su alma, es espiritual porque Dios Espíritu Infinito, al crear al hombre, lo hace a su imagen y semejanza, es decir, lo hace partícipe de su Espíritu; un espíritu no infinito como el de Dios, pero sí un espíritu imagen de Dios.

La criatura humana, conoce, ama y tiene libertad para decidir entre lo bueno y lo malo, y su conducta en este mundo tendrá la dirección de uno de estos dos caminos: la bondad o la malicia.

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Novecientos cincuenta años antes de Jesucristo, el rey Salomón meditando precisamente acerca de la conducta de los hombres escribía en uno de sus libros:

“Dios permite que se manifiesten tal cual son para hacerles ver que por sí mismos son como animales. Porque la suerte de los hombres y la suerte de los animales es la misma; la muerte del uno es como la del otro; ambos tienen un mismo aliento; y la superioridad del hombre sobre la bestia es nula, porque todo es vanidad.

Ambos van al mismo lugar; ambos vienen del polvo y ambos vuelven al polvo. ¿Quién sabe si el aliento del hombre sube arriba y el de las bestias desciende bajo la tierra?

Así que, visto que no hay otra felicidad, el hombre se goza en sus obras, porque esta es su condición. ¿Pues quien le llevara a gozar de lo que vendrá después? (Qohélet 3, 18)

Evidentemente Salomón identificaba erróneamente el “aliento” del hombre, el espíritu del hombre, con el de los animales; desconocía si existía otra felicidad y además tampoco tenía claro “lo que vendría después”; por eso invitaba al hombre a “gozarse en sus obras”.

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Vino Jesús, el Hijo de Dios, y nos explicó con su vida y con su ejemplo cual debía ser nuestra conducta: una conducta basada en la espiritualidad de la persona humana.

El ser humano expulsado por Dios de su presencia y portador del pecado original había quedado sometido al sufrimiento y a la muerte. La naturaleza humana quedaba herida, inclinada al mal y al error, afectada por la concupiscencia, y debilitada, desorientada, oscurecida para acometer el bien.

La Redención del ser humano consistió precisamente en “solucionar” esa situación: en “orientar” y en “iluminar” nuestra alma con el don especial de la Gracia Santificante, la “Gracia de Cristo” infundida por el Espíritu Santo.

Jesús nos redime y nos enseña el Camino de vuelta al Padre. Nos habla del Cielo y nos invita a ver de nuevo el rostro de Dios. Solo debemos seguir su ejemplo y cumplir la normas de bondad de sus mandamientos…

Jesús nos saca del tremendo error de Salomón que igualaba nuestro espíritu al de los animales, y nos enseña definitivamente “lo que vendría después”.

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En nuestro tiempo, muchos siglos después, gracias a la divina misericordia, sabemos perfectamente quienes somos, de dónde venimos, cuál debe ser nuestra conducta, y lo que será de nosotros cuando muramos…

Sabemos también que existen dos conductas, dos maneras de vivir en este mundo: la primera es la vida según el espíritu, con arreglo a la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas y se lucha, con su Gracia contra las inclinaciones de la concupiscencia. Es la senda del bien…

La segunda es la vida según la carne, que ignora la maravillosa realidad de la Venida del Hijo de Dios. Son esas personas que como dice Salomón se comportan como si tuvieran el mismo “aliento”, el mismo espíritu, que los animales y viven en la duda de “lo que vendrá después”, “gozándose en sus obras” y dejándose llevar por sus deseos y sus pasiones. Es la senda del mal…

Cada uno de nosotros es libre de elegir su camino. Sin embargo debería existir un respeto mutuo entre los que adoptan una u otra actitud. La maldad en nuestra época parece dominar en muchos lugares, y además con prepotencia. Los cristianos no son sólo son molestos –como el “justo”– sino que también son perseguidos, despreciados, insultados y… asesinados.

Esta conducta nunca la hubiera permitido el rey Salomón…

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