NACIÓ EN NOCHEBUENA

Se llama Luciano y debe tener unos ochenta años. Viene por el consultorio periódicamente, solo o acompañando a su esposa. No es muy comunicativo, pero el otro día, en un inciso de la consulta, a instancia suya, surgió el tema del miedo ante la muerte.

—Yo no tengo miedo a la muerte, me contaba. De hecho me dieron por muerto al día siguiente de nacer…

—y siguió hablando: Yo nací en “La Cueva de Pagan” una zona privilegiada para el cultivo de la vid situada a medio camino entre Fuente Álamo y la Pinilla. Hace muchos años la zona fue un asentamiento árabe importante.

En el lugar existen dos cuevas de la época y algunas cimbras antiquísimas que llaman poderosamente la atención de los visitantes. También quedan restos de hornos alfareros, orzas de barro y tinajas, incluso pipas de barro decoradas con detalles arabescos. Los lugareños todavía buscan, por tradición, los tesoros que según sus antepasados dejaron enterrados los “moros” al marcharse, con la esperanza de volver a buscarlos algún día.

En cualquier caso los “moros” —que no dejaron buen recuerdo— lo que sí dejaron fue una extensa zona llena de cultivos de vid, que generaban un vino excepcional por su alta graduación y por su aroma peculiar.

Después de su marcha en aquella aldea quedaron dos costumbres: una, bautizar a todos los niños lo antes posible para que no fuesen “moros”; y otra, al poco de nacer darles a beber un poco del vino del lugar para que el resto de su vida fuesen vigorosos.

Cuando yo nací —me contaba Luciano— mi abuela se encargó de darme a beber el vino de la tierra. Posiblemente en su entusiasmo se pasó de dosis y mi estado físico quedó tan maltrecho que apenas respiraba. Pensaron todos que mi muerte era inmediata —lo cual aceptaban con gran tristeza— pero lo que no podían aceptar de ningún modo era que muriese sin bautizar; que muriese ¡como un “moro”!

Ese día era Nochebuena. Estaba cayendo la tarde y hacía mucho frio; pero a pesar de todo mis padres “se pusieron en camino” en busca del sacerdote del pueblo porque ellos entendían que el bautismo era “cosa del cura”. No sé cómo lo consiguieron, pero vino el sacerdote. Media aldea le estaba esperando.

Prepararon un recipiente con agua, que por la fecha y la hora debía estar muy fría. La escena debió ser conmovedora: un niño moribundo recibiendo el bautismo en un día tan especial, después de mil peripecias…

—¿Imagina usted lo que pasó?

—No tengo idea. Le dije.

—¡Resucité de golpe! — Exclamó Luciano.

Es que yo no estaba muriéndome: ¡Yo simplemente estaba borracho! y con el contacto del agua fría desperté súbitamente y empecé a llorar “a grito pelao”. Asombro, sorpresa, lágrimas y gritos y finalmente celebración.

Fuera, en la calle, un grupo de niños pasaban cantando villancicos y tocando panderetas. Era Nochebuena y celebraban el nacimiento del Hijo de Dios en una cueva de Belén.

Todavía ahora, ochenta años después  —también en Nochebuena—   los lugareños de “La Cueva de Pagan”,  muy lejos de Belén,  siguen celebrando que un niño llamado Luciano   nació al cristianismo en ese día, sencillamente porque a sus padres les aterraba la idea de que muriera como un “moro”…

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NB.  La historia es real. La aldea existe y el vino del lugar debidamente embotellado también. Lo embotella Luciano como podéis imaginar…

 

¡FELIZ NAVIDAD!

 

 

 

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