NO TIENEN PÁGINA WEB

 

No tienen página Web. Son simplemente un círculo de amigos que se formó en la barra de un céntrico bar de Valencia. Inicialmente eran cuatro; actualmente son más de cuarenta.

Son un grupo variopinto en edad y profesión. Predominan “ellas “sobre “ellos”, pero a pesar de eso cuando se reúnen—siempre los jueves por la tarde— no llaman excesivamente la atención.

La mayoría  tienen un alto nivel cultural. Hablan de todo y lo comentan todo, pero rara vez hablan de política. No son jóvenes; muchos de ellos/ellas están jubilados o forzosamente prejubilados. La excepción son  Carlos y Rafael.

Estos dos amigos, profesores de la Universidad entraron en el bar habitual de nuestros tertulianos un jueves, huyendo de la lluvia. No había muchos clientes y se podía escuchar perfectamente lo que hablaban. Sus temas de conversación eran muy interesantes, pero lo mejor era el tono y la forma de conversar de aquellas personas.

Quedaron gratamente sorprendidos por lo que oían, y como la lluvia no cesaba, en un momento determinado se acercaron y pidieron permiso para incorporarse a la tertulia.

En estos círculos de amigos suele haber un líder. En esta ocasión había una líder: Conchita. Era mayor, muy culta y elegante, delgada y de gestos delicados. Lo que decía casi siempre era lógico y además convincente. No defraudaba a nadie. Tampoco a nuestros jóvenes profesores que pronto entablaron con ella una profunda amistad.

Un determinado día Conchita no asistió a la reunión como tenía por costumbre.  Tampoco a la semana siguiente; por lo visto estaba enferma. Carlos y Rafael decidieron visitarla.

Vivía en una antigua casa, no muy lejos del centro, junto con dos sobrinas que les recibieron en la entrada y les condujeron al dormitorio de Conchita que estaba al final de un largo pasillo. Era un dormitorio muy sobrio, no excesivamente grande.

La cama —que hubiera hecho feliz a cualquier anticuario— estaba situada en el centro de la habitación. A la izquierda, en la pared, a media altura, en un discreto pedestal, había una preciosa imagen de la Santísima Virgen María. A la derecha, una bonita mesa de noche y dos sillas -que seguramente habían ocupado sus sobrinas-  completaban la estancia.

Carlos y Rafael se acercaron a la cama por el lado derecho y Conchita les invitó a sentarse. Allí estuvieron un buen rato charlando con ella e interesándose por su salud, aunque de vez en cuando se distraían porque les llamaba poderosamente la atención la luminosa imagen de la Virgen María situada frente a ellos, que “parecía” mirarles fijamente hasta el punto de que al salir de la casa ambos no pudieron evitar hacer un comentario.

¿Te has fijado Rafa?  ¡Cómo nos miraba la Virgen!

Unos días después, como Conchita no terminaba de recuperarse, decidieron visitarla de nuevo. Cerca de la casa había una floristería y al pasar Carlos le dijo a Rafa:

—Deberíamos llevarle unas rosas a Conchita para que las ponga allí en su dormitorio cerca de la imagen de la Virgen. ¡Seguro que le gustará!

Dicho y hecho. Compraron un ramo de rosas y subieron a la casa. Las dos sonrientes sobrinas de Conchita les recibieron en la entrada y les acompañaron de nuevo hasta el dormitorio. Entraron los cuatro y Conchita al verles con el ramo de rosas les obsequió con la más cariñosa de sus sonrisas.

—Te hemos traído estas rosas con la esperanza de que alegres un poco esa cara. Son para ti, y también para que se las pongas a esta preciosa imagen de la Virgen María que tienes aquí -dijo Carlos- mirando a la pared…

¿ … ?

Conchita y también sus sobrinas dirigieron sus miradas a la pared situada a la izquierda de la cama con cierta sorpresa. Una de ellas, mirando a Carlos con cara de absoluta extrañeza le dijo:

—Carlos, no sé exactamente lo que quieres decir. En esa pared no hemos tenido nunca una imagen de la Virgen María…

Los cinco quedaron absolutamente confusos. Ellos, apenas pudieron contar lo sucedido unos días antes. Ellas, escucharon incrédulas y admiradas en silencio.

Después, el silencio fue mucho más profundo…

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Todo esto me lo cuenta María José, la tía de “Carlos” y me asegura que lo sucedido es rigurosamente cierto.

Estamos en Mayo. Es domingo de Pentecostés. Es tiempo de flores y romerías. Es tiempo de “buscar” en nuestro entorno el rostro de la Virgen.

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