POR ESO, Y PARA ESO…

Estamos en Navidad. Seguramente no somos conscientes de la inmensidad y la grandeza de lo acontecido en Belén hace 2.013 años. El Hijo de Dios humanizado en un niño viene a la tierra. Pero…

¿Por qué viene? ¿Para qué viene?

Recordemos el Génesis: Dios al crear al hombre lo hace partícipe de su Espíritu. Adán recibe un espíritu, imagen del de Dios; es creado como un “familiar” de Dios, que puede dialogar con Él, que puede verle. Hablamos de Vida en el Espíritu. Decimos que esta era una situación de “santidad y justicia original”.

Sin embargo al igual que los ángeles, el hombre disponía del don de la libertad…

Adán y Eva divinizados por la gracia, quisieron ser como Dios, quisieron ser más que Dios, y desobedecieron a Dios.

La esencia del pecado original consiste formalmente en la privación de la gracia original y de la posibilidad de la visión beatifica de Dios. Adán y Eva quedan sometidos al sufrimiento y a la muerte, y pierden la armonía interior entre ellos y con el mundo.  Aparece la “Vida según la Carne” como dice San Pablo.

Evidentemente- como pudo demostrarse durante siglos- el hombre  no podía recuperar por sí mismo aquella gracia y santidad perdidas, y además tampoco podía cumplir debidamente el orden moral natural. Faltaba la posibilidad de participar de la Vida Divina; faltaba la posibilidad de obtener de nuevo la Gracia de Dios.

Por eso y para eso fue necesario que el Hijo de Dios, viniera a la tierra.

Todo se inició en Belén, por la noche; pero ese día al amanecer, y sin que nos diéramos cuenta, el rostro de Cristo, el rostro de Dios, empezó a dibujarse en el horizonte de la tierra. Empezaba una nueva vida. Empezaba la Vida Nueva.

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¡FELIZ NAVIDAD!  y muchas gracias por vuestro cariño y afecto.

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