¿POR QUÉ LLORABA JESÚS?


Oración  de Jesús  en el  Huerto de Getsemaní.     

(según San Lucas)

 “Salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación».

Él se separó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo.

Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».

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Comentario.

Impresionante relato de San Lucas:  Jesús oraba ante su Padre, y su angustia era tan intensa que “le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo.

Era tanta su angustia que se  atrevió a decirle:

«Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz”.

Pero inmediatamente añadió:

“Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Se trata de un relato único, impresionante, conmovedor, que inmediatamente, sugiere una pregunta:

 ¿Por qué lloraba y suplicaba Jesús a su Padre en Getsemaní?

*

El llanto, es algo ligado a la naturaleza humana. Las lágrimas son la expresión  de afectos, fracasos y esperanzas, y van ligadas a lo más intimo de nuestro ser. Sólo el alma humana es capaz de llorar. Ni siquiera los ángeles lloran.

Jesús, como todos los niños lloró al nacer. En el transcurso de su vida sabemos que lloró en dos o tres ocasiones. Era Dios y era hombre, y como tal se conmovía  ante el dolor, especialmente ante el  dolor  del padre o la madre, que perdían a sus hijos.

Getsemaní es el misterio del llanto de Dios, y no sólo de llorar sino   también de sudar hasta sangrar. . Aquí se nos descubre lo más íntimo del corazón de Jesús.  Su alma estuvo “triste hasta la muerte”.

¿Qué sabía Jesús para llorar de ese modo? 

Algo más grave que el sentimiento ante lo trágico de la Pasión le hizo recurrir a su Padre. Jesús oraba intensamente y suplicaba porque sabía todo lo que estaba a punto de suceder. Todas las escenas de su Pasión, una tras otra pasaban por su mente.

Él estaba preparado. Tenia a Satanás junto a Él observándole, tentándole constantemente, y manejando las torturas de forma que el martirio fuese cada más insoportable. Sabía que su Padre también le estaba observando.  Contaba con el ánimo de los ángeles que le confortaban una o otra vez.

Pero a Él lo que mas le importaba, lo que le hacia sudar sangre, era el dolor compartido de  las personas que observarían  su martirio: los latigazos, la corona de espinas, la carga de una pesada cruz acompañada de constantes latigazos, el insufrible espectáculo de verle clavado en la cruz, para finalmente verle morir en una larga agonía, y finalmente verlo atravesado en el costado por una lanza.

El sabía que en esta lucha a muerte, tendría que combatir con las torturas y tentaciones de  Satanás. También sabia que saldría vencedor y conseguiría finalmente la Redención para todos los seres humanos incluidos los que le gritaban y los que le torturaban.

Pero …   ¿y su Madre?

Seguramente Ella era el motivo de sus lágrimas y sus súplicas. Él  sabia que ella estaría presente, viviendo con Él  –una a una – todas las escenas de su Pasión.  Saber que  Ella sería testigo  de su  crucifixión  era insoportable.

Por eso es comprensible que Jesús pidiese a su Padre por Ella, y sufriese hasta el extremo de acompañar su llanto sudando gotas de sangre…

A  la  Madre de Dios,  –estaba escrito-  “una espada le atravesaría el alma”.  Y así sucedió a pesar de las lagrimas de su Hijo.

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