QUE SEA COMO QUIERES TÚ.

El hombre, la criatura humana fue creada en estado de Gracia Original. Era inmortal y tenía inmunidad al sufrimiento y al dolor. La esencia del pecado original consiste formalmente  en la privación de la Gracia Original y quedar sometidos al sufrimiento, al dolor…  y a la muerte.

Pasaron los siglos y Dios Padre en su inmensa misericordia quiso redimirnos.  Para ello El Hijo de Dios se encarna en el vientre de una Mujer, toma nuestra forma y nuestra naturaleza humana, junto a su naturaleza divina, y durante treinta y tres años vive con nosotros. No cabe mayor humillación. Se comporta como un humano: come, bebe, ríe, llora, sufre,… y es sensible al dolor.

El dolor une a Cristo con nosotros y a nosotros con Cristo. Sus sufrimientos y sus dolores son iguales a los nuestros, pero a pesar de ello  nuestra respuesta,  nuestro comportamiento, y nuestra actitud, ante el dolor y ante el sufrimiento, no suele ser la misma, que Él ejemplarizó.

Sin embargo la gran enseñanza de Cristo, no fue cómo debemos comportarnos ante el dolor y el sufrimiento. La gran enseñanza de Cristo a la criatura humana  fue cómo debe comportase ante la muerte.

Cristo, como un buen pastor, conoce todos los caminos, pero especialmente el camino que pasa por el valle de la muerte. Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él,  se encuentra siempre un paso abierto.(Spe Salvi)

Saber que existe Aquél que me acompaña incluso en la muerte, me sosiega de modo que ya nada temo.  Esta es la gran Esperanza que esperaba el mundo. Cristo con su venida a este mundo resuelve el enigma de la muerte. El verdadero creyente no teme a la muerte porque sabe que Él  le está esperando, para guiarle por el camino que conduce a la Vida Eterna.

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Queda por saber el comportamiento que tuvo Cristo ante el dolor, para que podamos imitarle, porque  ante el dolor sólo hay dos opciones: o se acepta con resignación, o no se acepta y aparece la rabia, la incomprensión, y la desesperación.

Recordemos la actitud de Cristo  en el huerto de Getsemaní y sigamos su ejemplo: “Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres tú.”

“que no sea tal como  yo quiero, sino como quieres tú”.

Los cristianos,  ya sabemos desde entonces la respuesta al dolor y al sufrimiento.  Es algo que viene de Dios, y si Él  lo permite debemos aceptarlo e incluso agradecerlo. Eso hizo Cristo  -y sirvió para redimirnos- , y eso debemos hacer nosotros.

La otra cara de la moneda es horrible:

“que sea tal como yo quiero y no como quieres tú”.

No aceptar el dolor, no entender el significado del dolor, no entender la muerte, temer a la muerte,  rechazar la gran Esperanza de una Vida Eterna, supone morir en el desconcierto, en la rabia, en la incertidumbre, en el odio y en la desesperación…   Quizás la prolongación indefinida de esta situación  sea lo conocemos como “infierno”.

“No me deis ningún sedante”, pedía Juan Pablo II, en los últimos días de su vida.  Cuentan que  plenamente consciente decía: “Quiero el dolor, quiero ofrecer mi dolor.  Quiero morir como Él”.

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(Cartagena.  Semana  Santa 2011)

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