TODO FUE UN MILAGRO

Estaban celebrando la Pascua. Estaban cenando. En un momento determinado Jesús se incorpora, y entre todos los alimentos elige el pan y el vino. El pan para identificar su Cuerpo; el vino para identificar su Sangre, y simplemente “lo dice”.

—“Tomad y comed todos de él porque esto es mi cuerpo” (refiriéndose al pan).

—“Tomad y bebed todos de él, porque esto es mi sangre” (refiriéndose al cáliz del vino).

¡La Palabra de Dios hace el milagro! Simplemente lo dice: Estos trozos de pan, porque lo digo Yo, Jesús, que soy Dios, y bajo la Palabra de Dios, pasan a ser “el Cuerpo de Cristo”. Este cáliz de vino, porque lo digo Yo, Jesús, Hijo de Dios pasa a ser mi Sangre, “la Sangre de Cristo”. Las palabras de Jesús en la Santa Cena, obran el milagro:

El pan pasa a ser su Cuerpo.
El vino pasa a ser su Sangre.

Doce personas cenaban con Jesús. Los doce quedaron estupefactos, pero…

¡No dudaron ni un segundo! Durante tres años seguidos habían visto, incluso habían participado en todos los milagros de Jesús: Cuando multiplicaba los panes y los peces con su Palabra. Cuando calmaba las tempestades con su Palabra. Cuando curaba todo tipo de enfermedades con su Palabra. Cuando resucitó a Lázaro después de estar muerto durante cuatro días con su Palabra.

Ahora con su Palabra, convertía unos trozos de pan en su Cuerpo. Ahora con su Palabra, convertía un cáliz de vino en su Sangre. ¡¡Con su Palabra!

¡No dudaron ni un segundo! Tampoco Judas.

—y comieron los doce.
—y bebieron los doce.
—y por primera vez en este mundo, doce personas sintieron en su cuerpo el Cuerpo de Cristo.

—y por primera vez en este mundo doce personas se sintieron “fundidos” en la divinidad de Cristo.

Uno de ellos, no lo pudo resistir y abandonó la sala. Llevaba el Demonio en su interior. Los otros once, no lo cuenta el evangelio, pero durante un largo rato, fueron incapaces de decir nada. Habían quedado “fundidos” en la Divinidad de Cristo.

Aquello fue un milagro. Sin embargo, este gran milagro de Jesús, seguramente uno de los últimos, fue un milagro sin fin. Un milagro que no termina. Un milagro que se repite todos los días una y mil veces. Un milagro que se repite una y cada vez que los hombres queremos que se celebre.

Aquella noche Jesús decide obsequiarnos con su abrazo divino, cada vez que se lo pidamos, porque después de repartir el pan y el vino entre sus discípulos, Jesús levantó su mirada, miró a través de los muros del cenáculo, miró a través de los tiempos…

—y vio millones y millones de criaturas, de todas las generaciones, que también querían participar de su “abrazo divino”, de ese pan que era su Cuerpo, y de ese vino que era su Sangre; de ese alimento divino que sólo Él podía dar. Y Jesús, recurrió de nuevo a su Palabra:

“Haced esto en conmemoración mía”, dijo.

Y los once volvieron a quedar estupefactos. Se miraron unos a otros, y como en sueños, se vieron imitando a Jesús, presidiendo una mesa, con dos únicos alimentos, bendiciéndolos como Jesús y usando las mismas palabras de Jesús, y repitiendo el milagro de Jesús, pero representando a Jesús.

Jesús sería el sacerdote de cada ceremonia. Ellos serían el sacerdote visible, pero sería la Persona de Cristo, la que haría otra vez el milagro.

“Haced esto en conmemoración mía”.

Sólo una frase. Sólo unas palabras. De nuevo su Palabra.
Y con estas palabras:

—Jesús convierte a sus apóstoles, y sus sucesores, en sus ministros. En personas que actúan por Él y con Él.

—Y con ellos, y para todos los presentes y no presentes, efectúa de nuevo el milagro de la Santa Cena. Jesús ordena a sus discípulos, que hagan partícipes de su Cuerpo y de su Sangre a todos aquellos que debidamente preparados quieran recibirle.

¡Esa noche nace el Sacramento del Orden Sacerdotal!

¡Esa noche nace el Sacramento de la Eucaristía!

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Estamos en Cuaresma de 2015…

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