UN LIMÓN COMO RELIQUIA.

Forman parte de la vida cotidiana de Cartagena. Llegaron aquí en 1882. Están al servicio de los ancianos en los cinco continentes y guardan vivo el espíritu de su fundadora Santa Juana Jugan. Son la Congregación de las Hermanitas de los Pobres.

Residieron en varios lugares de la ciudad hasta que el famoso arquitecto Víctor Beltri les construyó, con la ayuda de todos, una Casa-Asilo junto a la Rambla de Benipila.

Casa Asilo

Es una de las últimas grandes obras del arquitecto. Se trata de un edificio imponente con planta en forma de “E”, mirando hacia el interior a un amplio huerto. En el centro de dicha “E” está la capilla, muy amplia y destacada en la planta. Junto a la fachada principal hay un pequeño y bello jardín.

Viven de la caridad. La ciudad no les negó, ni les niega nada. La imagen es siempre la misma: dos ” hermanitas” que caminan juntas, visitando casa por casa, pidiendo a diario para su Asilo de los Pobres. Visten muy austeramente: túnica — negra o blanca —según la estación y velo siempre gris. Suelen calzar unas sólidas sandalias negras.

Personalmente llevo recibiendo sus metódicos “sablazos” desde hace unos cuarenta años, pero también he recibo de ellas dos inapreciables enseñanzas. Una de la hermana Antonia para este mundo y otra de la hermana Elisa para el otro mundo. Ambas ya no están con nosotros.

La hermana Antonia era alta y elegante, agradable, comprensiva, de exquisita formación, siempre sonriente. Era imposible negarle nada porque ella era en sus formas y en sus modos la más viva expresión humana de la caridad… Transmitía caridad. Hacía entender, comprender, y sentir, la caridad.

La hermana Elisa era muy diferente, Había nacido en Jaén de familia muy humilde y su formación era muy escasa. Llegó un día a Cartagena procedente de la casa de Málaga y desde el principio se encargó de labores manuales: costura, cocina, y cuidado del huerto. Sobre todo cuidado del huerto: de los árboles y de los cultivos. De todo esto sabia muchísimo porque venía de familia de campesinos.

Acudió a la consulta con la superiora. Era menudita y evidentemente tenía muchos años. Conservaba su acento andaluz —graciosísimo— y en su rostro se notaba que estaba enfadada: desde hacía unos días la superiora no la dejaba cuidar el huerto. Respiraba con dificultad y tenía una tos frecuente, que alarmaba.

Resultó lo peor. La hermana Elisa tenía un tumor en el pulmón derecho y con ayuda de la superiora y posteriormente de otras hermanas pudimos convencerla de que durante unos días no podía bajar a cuidar el huerto, aunque, sí podía pasear por él.

Pudimos engañarla bastante tiempo porque con ayuda de una fuerte medicación mejoramos la dificultad respiratoria y la tos. Yo me ofrecí a verla todas las semanas; le hacíamos análisis y radiografías y la convencíamos de que estaba mejorando y que pronto podría volver a cuidar su huerto. Cada vez que venía a la consulta como obsequio me traía un limón.

Finalmente la situación empeoró bastante y fui a visitarla al asilo en varias ocasiones, en su modestísima celda, hasta que murió. Cuando me marchaba me obsequiaba —como siempre— con un precioso limón.

Fue unos días antes de morir; estaba muy mal y su voz era ya muy débil. Cuando me vio junto a ella, sonrió y me hizo un gesto con la mano para que me acercara y me dijo:

— Esta noche he soñado que el Señor me llevaba con Él y yo me iba muy contenta. Me enseñó un huerto, mucho más bonito que el que tengo aquí, con muchos limoneros, y me dijo, que si me gustaba, pronto me llevaría con Él, y podría cuidar su huerto…

— ¿Y usted que le respondió?

— Le dije que sí, que estaba dispuesta; que estaba dispuesta para cuando Él quisiera.

Profundamente emocionado, intenté retirarme pero ella no me dejó; me hizo otro gesto para que me aproximara más.

— No se olvide usted de llevarse el limón…, me dijo sonriendo.

*

La hermana Elisa murió aquella noche, en la primavera del año 2007. Su funeral, en la preciosa capilla situada en el corazón del edificio, fue impresionante. Yo asistí invitado por la superiora.

limon

Desde entonces y hasta hoy, conservo ese último limón que salió de sus manos como una reliquia. Está en una vitrina en mi despacho y muchas veces —en según qué ocasiones — lo miro.

Es la imagen de una vida entregada a los pobres.

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NB. Este limón se conserva durante siete años sin descomponerse.

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