UN TIEMPO ABIERTO

 

 

El apóstol San Juan escribe en su Evangelio (juan, 3,16-21):

“… y éste es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y los hombres han amado más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

… porque todo el que obra mal, odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprobadas.

… al contrario, el que pone en práctica la verdad, viene a la luz, para que se vea que sus obras están hechas en Dios”.

Evidentemente, se trata de aceptar la Luz, acercarnos a esa Luz, permanecer junto a esa Luz, dejarnos guiar por esa Luz, y actuar de “reflectores” de esa Luz.

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Ella, Juanita, desde niña, no tuvo ningún problema en conocer y permanecer cerca de esa Luz. Fue bautizada, confirmada, y recibió la primera comunión. Actualmente, como dice San Juan, vive en la Luz, y viene a la Luz, para que se vea que sus obras están hechas en Dios.

Él, ¬Jaime, desde niño, fue rebelde. Como su esposa fue bautizado y recibió todos los sacramentos. Sin embargo, su rebeldía le llevó a obrar mal. Pronto vinieron malas compañías; lentamente fue apartándose de la Luz y acercándose a las tinieblas, –sentía que amaba las tinieblas más que la Luz–, y finalmente terminó separándose de la Luz y odiando la Luz… para que sus obras no fueran reprobadas.

Afortunadamente Jaime tuvo suerte: el Señor tuvo misericordia de él. Le concedió dentro del “tiempo abierto” de su vida, una larga enfermedad antes de morir.

En este tiempo –lejos de su entorno habitual–, y con Juanita junto a él mañana tarde y noche, pudo ver de nuevo “la Luz” reflejada en el rostro de su mujer… y terminó aceptando la proximidad del Señor.

¡Cuántas personas vuelven a ver el rostro del Hijo de Dios a través del rostro de un ser querido, que actúa como “reflector” de esa Luz divina!

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