UN TREINTA DE DICIEMBRE

Se celebraba la Santa Misa con gran devoción. Era la festividad de la Sagrada Familia. La Iglesia estaba abarrotada. Ya se habían leído las lecturas, el salmo y el santo evangelio.

El celebrante, un sabio sacerdote de avanzada edad, había iniciado la homilía comentando el correspondiente capítulo del Eclesiástico y el de la Carta de San Pablo a los Colosenses. Estaba analizando el pasaje del Niño perdido en el templo del evangelio de San Lucas cuando sucedió algo sorprendente e inesperado:

En medio de la nave del templo, por el pasillo central que formaban los bancos, llamando la atención de todos los asistentes, apareció un niño de corta edad, un “pequeñajo” que apenas sabía andar, con cabellos abundantes y rubios.  Llevaba una camisa blanca y gruesa, y  unos   pantalones caídos hasta media pierna, sujetos por unos llamativos tirantes, con un “bulto” en su parte posterior debido seguramente a unos pañales.

Caminaba lentamente hacia el presbiterio tremendamente feliz. Casi todos  los asistentes le observaban con sorpresa pero nadie osaba molestarle. El niño era encantador y además sonreía una y otra vez. Cuando estaba cerca del presbiterio, el sacerdote cuyo ambón quedaba situado a la derecha, se le quedó mirando y dejo de hablar…

El silencio era absoluto. El niño, ajeno a la tremenda atención que estaba despertando, continuó andando con sus pasos vacilantes moviendo graciosamente sus pantalones y sus pañales.

Tres escalones separaban el presbiterio de la nave de la iglesia. Parecía que sabía lo que hacía. Con alguna dificultad subió al presbiterio. Ya en esta nueva posición más elevada, se dedicó a mirar con todo descaro a los asistentes y también al sacerdote que permanecía en riguroso silencio observándole. Nadie hacia ni decía nada.

Pasados unos segundos el niño se giró lentamente dando la espalda a todos. Frente a él, muy cerca, estaba la mesa del altar. Levantó la cabeza y miró al retablo.

La imagen de la Santísima Virgen, arriba, desde su camarín lleno de luz y esplendor parecía mirarle.  Pasados unos segundos el niño se giró de nuevo hacia los asistentes, levanto y agitó infantilmente las manos, y empezó a balbucear intentando decir algo…

Fueron sonidos naturalmente no comprensibles pero evidentemente dirigidos a las personas que lo miraban. Una vez, dos veces, y hasta tres veces, dijo “cosas”.

Todo el encanto de la escena terminó cuando por el pasillo central apareció la madre. Su niño había desaparecido mientras ella estaba confesando. Aun así, siguió el silencio que finalmente fue roto por el sacerdote, que continuó su homilía diciendo:

—Lo que ha sucedido aquí y ahora, en esta mañana, es la mejor manera de celebrar la festividad de la Sagrada Familia. Voy a terminar la homilía intentando “traducir” los tres mensajes que en su lenguaje infantil nos ha transmitido este niño —seguramente por encargo de la Santísima Virgen— hace unos momentos:

  • Cuidad y proteged a mi papa y a mi mama. ¡No rompáis mi familia!
  • Tengo centenares de amigos a los que conocí en el cielo que están esperando en el vientre de sus mamas, el día de su nacimiento. Por favor no les hagáis daño, ¡no interrumpáis su camino!
  • Pensad un poco en mi futuro.  ¡Este mundo debe cambiar; no puede seguir tan apartado Dios!

Con estos tres ruegos, el sacerdote, intentando “interpretar” a este niño “perdido en el templo” un 30 de diciembre del 2012, finalizó la homilía.

Al terminar la celebración, todos los asistentes querían conocer a este pequeño personaje, protagonista de una de las más sorprendentes homilías — especialmente por su escenificación— sobre la Sagrada Familia.

Todos se marcharon y unas horas después la iglesia quedó vacía, Pero en el presbiterio, arriba en su camarín la Santísima Virgen posiblemente sonreía. Al mismo tiempo, no muy lejos de allí, en su casa, a Pedrito —que así se llamaba el niño— su madre intentaba cambiarle los pañales…

 

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