UNAS “MIGAJAS” DE ALEGRÍA.

Era la noche de un sábado. Dos matrimonios habían planificado un plácido fin de semana en un hotel-residencia cerca de Alicante. Después de cenar y para hacer tiempo decidieron jugar una partida de dominó.

Los, y las residentes, casi todos con bastante edad, y los clientes del hotel dejaban transcurrir el tiempo, en un inmenso salón.  A esta hora sólo había tres o cuatro grupos de personas jugando a las cartas.  Algunos, aislados, se distraían con el ordenador.  Solo dos o tres disimulaban su soledad, paseando lentamente por el salón.

Las dos parejas habían convertido la partida de dominó en un festival, y abundaban las sonrisas y los comentarios jocosos, cuando una señora muy mayor y bastante delgada, pero muy elegante, pasó cerca de la mesa y al verlos tan alegres, se detuvo.  Lenta y tímidamente se acercó sin pronunciar palabra. Miró  fijamente a las cuatro personas y esbozó una tímida sonrisa como temiendo molestar. Se situó a la espalda del más cercano y permaneció en silencio viendo sus fichas.

Los cuatro amigos y especialmente el que tenía a la anciana a su  espalda aguardaban expectantes, disimulando. Pasados unos dos o tres minutos, la anciana  dijo con una voz un poco debilitada por los años:

“Yo también sé jugar al dominó”, y añadió refiriéndose al jugador cuyas fichas estaba viendo: “Ese cuatro podría usted ponerlo ahora”.  El sorprendido jugador le hizo caso inmediatamente…

Pasaron dos minutos más y permanecía de pié en el mismo sitio observando educadamente en silencio. Los cuatro seguían expectantes hasta que el más listo la invitó a tomar una silla  cercana y sentarse.

No dijo palabra y en silencio se sentó  con ellos. Se colocó educadamente un poco distante, pero lentamente fue acercando disimuladamente la silla hasta situarse  junto a una de las dos señoras.

Unos minutos después “el mas listo de los cuatro”  se levantó de la mesa y le cedió el sitio para que jugara ella. Aceptó de inmediato. Poco después compartía la alegría del grupo, y poco a poco con timidez contó  toda su vida.

Como en la parábola del rico Epulón,  esta  bendita mujer harta de soledad, porque las otras señoras seguramente por su edad se alejaban de ella, pidió a esas cuatro personas que de tanta alegría gozaban, un poco de su alegría, unas “migajas de alegría”.

Tuvo suerte. Esa noche pudo contar sus cosas, pudo estar alegre, pudo incluso jugar al dominó, y no unos minutos, sino un rato muy largo…

El pobre Lázaro sonreía en el cielo.

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