VIVÍA EN UNA ALDEA…

La Sra. Maria Ros tenía muchos años. Vivía en una aldea proxima  a Cartagena, y solía acudir puntualmente al consultorio todos los meses.  Era menuda, con mirada muy inteligente. Tenía algunas arrugas en la cara y unos preciosos ojos  azul claro, que miraban con cierto misterio.  Frecuentemente sonreía, Su sonrisa era una mezcla de de cariño y misterio. Hablaba poco pero estaba muy atenta a todo lo que sucedía. Siempre traía un obsequio : una docena de huevos.

Ya sabe usted:  “Vengo  pa mirar el “corasón” y pal dolor de la espina, porque la tensión la tengo bien”.

El ritual no variaba. Después de casi seis años de visitas mensuales, la enfermera y yo lo sabíamos de  memoria. Ella hacía el electro y después yo la examinaba: auscultaba detenidamente el corazón, y también los pulmones y posteriormente percutía un poco sobre las vértebras de la columna para localizar el dolor  en los lugares que ella me indicaba,

Terminada la consulta, casi siempre  le repetía el mismo tratamiento porque ella aseguraba que le iba muy bien…

La sorpresa vino cuando en una de las visitas, se me ocurrió preguntarle si las medicinas que tomaba le molestaban en el estomago…

Ella sonrió pícaramente. Sus ojos brillaban con intensidad, Hizo un gesto de cierto temor por si me  ofendía, pero finalmente me lo dijo: “Mire  doctor, yo nunca tomo las “medisinas” que usted me receta”.

Sorpresa mayúscula. ¿Y si no toma las medicinas para qué viene usted?, le pregunté.

Yo vengo porque usted me quita el dolor de la espalda y el “pesor”  del corazón,  me dijo ella.

No supe decirle nada. Me quedé mudo…

Ella siguió diciendo: “Usted no lo sabe pero usted tiene “grasia” en las manos, y cada vez que vengo conforme  usted me reconoce se me quitan todos los dolores y el “pesor” del corasón”…

La Sra. Maria, evidentemente tenia fe en el médico. Hacía un acto de fe viniendo a ver al médico. Buscaba en el médico  que la “grasia”  le aliviara o curara sus dolores, lo cual sucedía siempre. La Sra. Maria venía todos los meses a la consulta, perseverando en su fe, y aumentando su fe.

Un día la Sra. María dejó de venir…   El Señor la había obsequiado con la Gracia verdadera.

Sin embargo yo la recordaré siempre, porque con su comportamiento pude entender a San Pablo:  “de la fe hacia la fe”.   “El justo vivirá de la fe”. (Rom.1,17).

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