“VIVIR COMO DIOS MANDA…”

“Nuestro presente aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esa meta, y si esa meta es tan grande  que justifique el esfuerzo del camino”. (Spe Salvi).

¡Fantástico!.  Todo resuelto.

¿Todo resuelto?…   ¿Cual es esa meta, cual es esa ilusión, cual es esa esperanza tan grande que justifique el esfuerzo de vivir cada día?

Solo hay dos metas, porque nuestro cuerpo tiene dos partes.

Una meta derivada del cuerpo: dinero, caprichos, pensamientos, anhelos, deseos y obras  que se ajusten a lo que desee nuestro cuerpo, incluidas las pasiones y la concupiscencia.

Otra meta derivada de nuestra alma: pensamientos, anhelos, deseos y obras se ajustan a lo que desea nuestro espíritu, que se ajustan a “lo que Dios manda”.

La primera meta siempre conduce al vacío, es insegura; los anhelos del cuerpo son variables, y siempre tienen una caducidad.  Después de la muerte dejan de existir.  Esta ilusión, esta esperanza es temporal y termina con la muerte.

La otra meta es muy simple.  Se trata de hacer “lo que Dios manda” y eso no  hay que estudiarlo  porque lo llevamos escrito en nuestro corazón.  El que vive con esta ilusión divina y esta esperanza divina, el día de su muerte, se llevará una gran sorpresa: no ha muerto.

Sigue viviendo, porque “el Dios que manda”,  ya  le conoce.  Es su hijo con minúscula, pero ciertamente su hijo.  Ahora vuelve  a vivir con Él, porque durante todo el tiempo que permaneció en este mundo, nunca dejó  de recordarle y de quererle.

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(Dedicado a nuestros políticos)

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